¡Trágame, tierra…!
Hasta hace unos años me ruborizaba contarlo, pero como la etapa de la vergüenza ya fue quemada, he decidido asignar a esta anécdota el estado desclasificado…
No recuerdo el año exacto, pero sí que sucedió poco después de haberme graduado, en 1985. Ya era todo un ingeniero de sistemas… Y no cualquier ingeniero, no, de vanguardia, al día en la tecnología, experto en programación de computadores, empleado de una importante empresa… Mejor dicho, podía mirar con la cabeza ligeramente más arriba de una horizontal, estilando prepotencia, pedantería, arrogancia…
Como para merecer cachetadas, sí…
El banco donde tenía la cuenta corriente quedaba a solo tres cuadras de la casa. Había anunciado la puesta en marcha de un proyecto que consistía en instalar en cada sucursal un novedoso cajero electrónico, más pequeño que lo habitual, con un «jurgo» de servicios, que reducía la necesidad de hacer fila frente a las cajas atendidas por las siempre lentas unidades de carbono… Por humanos, mejor dicho… Recuerdo que era normal ver una laaarga fila frente a cada uno de los cuatro o cinco cajeros, para hacer consignaciones o retiros, pagar servicios u obligaciones, consultar saldos, etc., etc. A veces uno cambiaba de fila porque veía que la otra avanzaba más rápido, hasta que la atascaba un mensajero que sacaba un enorme paquete repleto de billetes de denominaciones pequeñas… Y el cajero contaba a mano dos o tres veces ese mazo para estar seguro de que estaba seguro… Y uno miraba hacia los dos lados para decidir a cuál fila mudarse de nuevo…
Cuando a media mañana de un sábado llegué al banco para realizar una transacción, vi el prometido aparato instalado a la entrada. Era de color gris claro, bonito, con todas sus coloridas señalizaciones. Estaba contra una pared y a plena vista de todas las filas. Curiosamente, no había cola frente a él, pero esto no era una sorpresa, pues seguramente muy pocos sabían de su existencia o no sabían utilizarlo. En vista de que en aquél momento la sucursal estaba repleta de pobres diablos formando interminables hileras, yo, ni corto ni perezoso, aproveché que pocos días atrás me habían entregado y habilitado la tarjeta para acceder a la nueva solución.
Con aire de importancia, hice alarde de tener la oportunidad de evadir el presente que aquellos resignados estaban viviendo. Me acerqué radiante al aparato imaginando oír la marcha triunfal de la ópera Aída, bajo la mirada envidiosa de una gente que, con toda certeza, pagaría lo que fuera con tal de evitar el seguro agotamiento por el que tendría que pasar durante, como mínimo, una hora… En un momento de flaqueza, tuve la sensación de querer ser condescendiente y solidarizarme con el dolor ajeno, e ir a formar parte de alguna de las cadenas humanas que, como reses yendo al matadero, esperaban pacientemente llegar frente a su respectivo verdugo… Por fortuna, ese momento no duró más de un milisegundo…
Como era de esperarse, el cajero electrónico era diferente de los que conocía, pero para todo un ingeniero de vanguardia, al día en la tecnología, las instrucciones sobran. ¿Qué podía ser tan complicado, si bastaba introducir la tarjeta, digitar la clave y analizar el menú? Pan de cada día para un programador de computadores…
La gente, atenta, me observaba como a un alien… Todos pendientes de mis movimientos, pero al mismo tiempo como desconcertados… Supongo que muchos podrían estar pensando en la razón de no haberse arriesgado a utilizar aquella maravillosa herramienta y evitar el suplicio, quizás por no hacer un oso descomunal causado por el desconocimiento. Es posible que estuvieran esperando para ver quién se arriesgaba a ser conejillo de indias y obrar posteriormente en consecuencia… En parte, eso pasa cuando no se tiene mente abierta a las innovaciones… Hoy en día, transcurridos más de 25 años desde el suceso que narro, aún hay desconfiados que prefieren perder tiempo haciendo fila para pagar un servicio público que recurrir a un minuto de internet…
El hecho es que yo estaba muy decidido a sentar un precedente; a ser ejemplo para el mundo que me rodeaba…
Y a la vista de todos, comencé por introducir la tarjeta en el cajero…
Y a la vista de todos, el aparato no se comía la tarjeta…
Y yo la empujaba más fuerte…
Y el aparato se resistía a tragársela…
La abertura para la tarjeta tenía una especie de aleta al frente, como las que existían en las unidades de diskette o reproductores VHS (¡oigan la época!). Una aleta extraña que jamás había visto en un cajero electrónico, pero seguramente con la misión de resguardar del polvo su interior…
Entonces traté de forzar la apertura de la aleta con la misma tarjeta…
Y nada… Casi doblo la tarjeta…
¡Ah, qué menso! ¿Cómo no había visto ese llamativo botón de color rojo, ubicado al lado de la abertura? Supuse que se trataba del típico botón open/close que, como en las unidades de DVD, se pulsaba para expulsar una bandeja en la que se colocaba la tarjeta y se pulsaba de nuevo para que la bandeja entrara. Evidentemente, la aleta era su protección… Algo inusual, tratándose de este tipo de aparatos, pero en asuntos de tecnología nadie tiene la última palabra…
Y oprimí el botón… Con fuerza, para que la bandeja no tuviera ninguna duda de que tenía que dar la cara…
Y el botón no se hundió… Lo único que casi logro es quebrarme la falange del dedo índice… El maldito botón, como la maldita aleta, no se movía…
Miré la máquina por el lado izquierdo, por el lado derecho… Tocaba por allí, empujaba por allá… Y nada… La máquina no reaccionaba… Solo faltaba agarrarla a patadas, como se hacía antiguamente cuando fallaban los televisores de tubos…
Miré por todas partes para ver si existía algún letrero que advirtiera que no estaba en servicio… Nada, ningún aviso… No había razón válida para que la máquina se negara a responder…
Y la gente pendiente de mí, atenta al proceso, seguramente memorizando mis pasos para el día de mañana proceder como si fuera algo cotidiano… Aunque debo reconocer que no eran pocos los que mostraban cara de sorprendidos… Vaya uno a saber por qué…
Y yo de reojo los veía, rogando a todos los miembros de la jerarquía divina para que no se me acercara alguien de servicio al cliente y me enseñara cómo diablos se utiliza un cajero electrónico… A todo un ingeniero de sistemas… ¡Qué vergüenza!
Sudaba frío… Yo, vencido por un miserable aparato…
¡Tecnología de porquería…!
Revisé la abertura… ¿Por qué la aleta no abría? ¿Por qué el botón open/close no funcionaba? ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Qué estaba pasando, por Dios?
Como dice una Ley de Murphy: «La duración de un minuto depende de qué lado de la puerta del baño se encuentra uno»… Creo que alcanzaron a pasar como dos minutos (una vida entera, dadas las circunstancias), hasta que me di cuenta de que, efectivamente, había sentado un precedente histórico: estaba haciendo un oso peor que aquél en que fui obligado a bailar un popurrí, en mis años de adolescente…
En un momento de lucidez, logré entender por qué no había cola en el cajero, por qué no funcionaba el botón rojo, por qué existía la aleta, por qué ésta no abría para dar paso a una bandeja, por qué la máquina no reaccionaba ante nada, por qué la gente me miraba sorprendida, por qué no había un aviso «fuera de servicio» y por qué no se acercó nadie de servicio al cliente para vapulear mi orgullo…
Ser un ingeniero de sistemas, de vanguardia, al día en la tecnología, fue insuficiente para darme cuenta, antes de pasar por idiota, de que el cajero electrónico era un simple prototipo de plástico…
Sobra decir que ese sábado no hice transacción alguna y que durante un tiempo prudencial no volví a hacer presencia en el banco… Como dos años, si recuerdo bien…
(Santiago Ferreira)
Nota del autor: El oso por bailar un popurrí se menciona aquí.