Interpretando a las Parcas
Nota del autor: Para comprender mejor el contexto, conviene leer primero «El nacimiento del profesor», que se encuentra aquí.
Era una calurosa y muy ventosa tarde de 1981… La recuerdo bien, porque fue el día en que la fuerza bondadosa del universo irrumpió en mi vida para darme una mano…
Dio la casualidad de que yo saliera del Colegio Eucarístico a la misma hora en que terminaba la jornada de la mañana. Era extraño, porque siendo yo profesor de la jornada de la tarde, usualmente terminaba labores a las 17:00, no a las 13:00…
Cuando llegué a la avenida para tomar la buseta para ir a casa, vi a la preciosa rubia Ilse en espera de la suya, con la mala suerte de que estaba a su lado una de las compañeras de clase, también esperando transporte. Tímidamente me acerqué ellas, más por obligación que por iniciativa, a paso dudoso y con el corazón en galope. Después de un tembloroso saludo de mi parte, la investigación acerca de las respectivas rutas arrojó un resultado inesperado, prueba fehaciente de que la parca Cloto estaba utilizando hilo de oro para tejer mi vida: los tres tomaríamos la misma buseta… Aunque lamentablemente yo sería el primero que bajara, el objetivo era trabar conversación durante los escasos 25 minutos de viaje, tiempo suficiente para romper el hielo y sentar las bases de una subsiguiente etapa de conquista. Era obvio que no podía ser tan atrevido como para ofrecerme a acompañar a Ilse hasta su casa, porque habría sido demasiado apresurado mostrar el evidente interés. Además, y siendo honesto, mi timidez encarnada en cobardía me impedía semejante impulso. Lo que estaba viviendo iba más allá de lo que esperé que sucediera alguna vez para estar cerca de ella…
Y llegó la buseta…
Alea iacta est…
Como buen caballero, fui el último al subir y pagué el pasaje de los tres, decisión por la cual quedaron muy agradecidas. Ese fue el primer punto a mi favor… Necesitando un bulto de ellos en el menor tiempo posible, le achaqué a la parca Laquesis el segundo punto (al fin y al cabo, era ella quien movía la rueca), pues había precisamente tres sitios disponibles para sentarse: un lugar vacío atrás, en la banca de los músicos, y, extrañamente, un asiento para dos personas en la segunda fila detrás del conductor. No cabía ninguna duda: el asiento doble era para ellas y yo NO me iba a sentar allá atrás, como castigado, testigo de la muerte de cualquier esperanza de hablar con mi Afrodita. Por lo tanto, como ángel de la guarda protector de la vida de mi vida, me mantuve firme, de pie en el pasillo junto a dicho asiento y agarrado de la barra superior, atento para responder ante cualquier amenaza que pudiera empañar la tranquilidad de la dueña de mi amor, por ahora unilateralmente platónico…
Ilse se sentó del lado de la ventana, que estaba abierta unos 8 centímetros, ranura suficiente para dar paso al ventarrón de afuera, que la despelucaba irrespetuosamente y sin contemplaciones. Ese ventarrón era la causa de que las demás ventanas estuvieran abiertas solamente uno o dos centímetros. En forma automática, la solución inicial para evitar el golpe del viento en la cabeza fue colocar Ilse su brazo izquierdo cubriendo el hueco, con el fin de seguir permitiendo al aire correr dentro de la buseta. Benévola actitud, porque el calor era insoportable. Sin embargo, con esto solo logró resolver el problema durante un minuto, porque el viento fresco le helaba el brazo descubierto, algo inevitable debido a que ella vestía camisa blanca de manga corta y el infierno le impedía colocarse el saco del uniforme… Así que, pesando pros y contras, se decidió por la única alternativa posible: cerrar un poco la ventana, tal como lo estaban las otras, a pesar de estar sacrificando la presencia permanente del chorro de frescura. Y eso fue lo que intentó hacer Ilse con toda su fuerza durante el siguiente minuto, apoyada de diferentes maneras, tratando de empujar la ventana hacia atrás, tomándola de la tiradera o del extremo más alejado del vidrio. La ventana, que estaba como trabada, no se corrió ni un miserable milímetro… Ahora sí tenía sentido el hecho de que ese asiento doble estuviera vacío cuando subimos…
Laquesis actuaba de nuevo, ofreciéndome la oportunidad de anotarme otro tanto: el ángel de la guarda llegó en auxilio de la desamparada, mostrando la virilidad propia de un tarzán. Y todos en la buseta, testigos del inútil esfuerzo de la niña, también fueron testigos de la poderosa manifestación de mi testosterona… Aquella fuerza bondadosa del universo, que irrumpió en mi vida poniéndome en bandeja la oportunidad de proteger a mi preciosa despelucada, actuó sin egoísmo al darme no una, sino sus dos manos, las cuales, en asocio con las dos mías, lograron que fuera destrabada la ventana que irreverentemente se rebelaba contra mi diosa…
«Preste p’acá…», me dijo el conductor, soltando risotadas que se confundían con las de todos los demás… A Ilse la invadió un conflicto interno, pues no sabía si formar parte del gran coro de carcajadas, enojarse conmigo o tenerle consideración a la humillación por la cual estaba yo pasando… Porque en lugar del ventarrón que antes entraba por una abertura de 8 centímetros, Ilse, mi hermosa rubia, tuvo que soportar estoicamente ser atacada el resto del viaje por el huracán que irrumpía a través de los 40 centímetros de anchura del hueco dejado por una ventana que, tomada por los dos extremos y empujada por la fuerza de una testosterona traicionera, se había salido de sus rieles… Haciendo equilibrio de pie, sostuve unos segundos en el aire la ventana desencajada, hasta entregarla al conductor…
Quedó claro que no fue la parca Laquesis la que hizo presencia sino Átropos, la tercera de ellas, que es quien corta el hilo de la vida… Para mí, ese día murió la ilusión…
El viaje continuó conmigo sentado en el asiento de atrás, achantado, sin saber qué cara poner cada vez que uno de los pasajeros sonreía cuando su mirada se encontraba con la mía… Mi machismo protector había interpretado erróneamente la advertencia que me hizo Laquesis cuando trepé a la buseta: siéntese atrás y olvídese del asunto…
Por desgracia, ningún puesto había quedado libre hasta el momento en que tuve que descender del vehículo; habría sido menos traumática la despedida si ella hubiera podido moverse lejos del ciclón. Balbuceé un simple chao cuando pasé velozmente al lado de ellas y nunca más volví a ver a Ilse, que se graduó poco tiempo después, ese mismo año…
(Santiago Ferreira)