Lamento decembrino
Recuerdo cuando, de pelaíto, me emocionaba muchísimo comenzar a oír las brutales explosiones de esos cohetes que llamamos voladores, que en casos sofisticados terminaban su presentación celestial expandiendo un conjunto de luces multicolores en forma de circunferencia o de esfera, algunas veces cayendo y evaporándose con la lentitud de un paracaídas…
Era el comienzo de diciembre… Llegaba la época navideña…
Y con ella los volcanes y los busca-pies y las velas romanas… Y las luces de bengala Mariposa, a las que el lenguaje cachezudo rebautizó chispitas, que uno lanzaba antes de su agonía simulando estrellas fugaces…
¡Y los totes! Adolescente que se respete, se daba mañas para hacerse a una hoja que tenía pegadas y alineadas como tropa en una parada esas moneditas de pólvora, que uno desprendía y hacía reventar raspándolas con los pies o estrellándolas con fuerza contra la calle…
¿Y qué me dicen de los globos?, a los que la ingenuidad de mi hermano Jorge quería mandar a tierra dizque enfocándolos con un espejo, para después transformarlos en lázaros y enviarlos nuevamente al infinito… ¡Ay, Dios! Ni modo de convencerlo de que era más fácil tumbarlos «sanos» a punta de telekinesis… Y digo «sanos», porque, al contrario de Jorge, los demás no teníamos mentalidad pacifista; todo lo contrario: nos encantaba marcar como objetivos de guerra los globos que irrumpían en nuestro espacio aéreo y tratar de derribarlos con misiles tierra-aire, que era en lo que convertíamos a los mentados voladores, a los que el miedo de sostenerlos con la mano nos obligaba a colocar inclinados sobre una tabla apoyada en una silla, conformando una rústica pero práctica plataforma de lanzamiento. Sin ningún entrenamiento militar, teníamos en cuenta el tiempo consumido por la preparación del proyectil, su encendido y su curso en el aire, para calcular las coordenadas futuras del blanco, basados en la trayectoria que nos mostraba… Las órdenes eran contundentes: «Gírelo un poco a la derecha, gírelo… No, no, no, mucho, mucho, se pasó… A la izquierda, a la izquierda… Que pa’ la izquierda, ¡carajo!… Y ahora inclínelo un trisito… Más, más, más… Pero rápido que se está perdiendo»… Y después de apuntar, algún macho, «jefe de artillería», con la punta de un cigarrillo encendido le daba candela a la mecha, que se cortaba lo más pequeño y seguro posible para que el despegue fuera casi inmediato…
Y mientras tanto Jorge, cual brujo convencido de la eficacia de su talismán, insistía en utilizar el espejo como un imán de globos. Noche tras noche se le veía trotando como uno de los renos del trineo de papá Noel, de lado a lado de la cuadra, cuando no atravesando el Parque Alemán frente a la casa del barrio Alcázares, con su tabla de cristal entre las manos tratando de pescar al menos uno de esa camada que surcaba el cielo a voluntad del viento. La suerte hizo que una noche atrapara como seis en varias manzanas a la redonda, al momento de descender o ya desmayados por la ausencia de combustible, dos de los cuales él jura que fueron atraídos como indios precolombinos… Con el sexto casi se mata: cuando el globo agonizaba cayendo diagonalmente y aún ligeramente encendido, con la cancha de basquetbol como aparente destino, Jorge ingresó galopando al arbolado parque con la mirada hacia arriba puesta sobre la nave, embistiendo todo lo que se le atravesara. Nunca supo cómo diablos tropezó y rodó varios metros, como lanzado por un gigante que estuviera practicando bolos. Maltrecho y adolorido, volvió victorioso con el trofeo entre sus manos, ganado literalmente con sangre, sudor y lágrimas, satisfecho por haber cumplido la misión que él asumía que el universo le había encomendado… Urgencias de la San Pedro Claver, al día siguiente…
Y así se mantienen en mi memoria esos alegres e inolvidables diciembres, de felicidad plena, quizás pasajera, a pesar de los problemas del mundo y de los dramas personales, siempre en compañía de vecinos y amigos, reunidos en la calle casi todas las noches entre la de velitas y la que finalizaba el año, disfrutando la pólvora sin terrorismo psicológico…
Añorada época navideña…
Añorada, porque creo que todos los nacidos el siglo pasado estamos de acuerdo en que, sin presencia de la pólvora, la navidad se convirtió en un tiempo apagado, casi sin gracia. No digo que no se siga disfrutando al interior de los hogares –algo realmente dudoso–, pero en el exterior se perdió el espíritu de convivencia. La pólvora era la excusa perfecta para la diversión de miles grupos focalizados, disueltos automáticamente gracias a la absurda prohibición de papá gobierno, con la cínica disculpa de evitar la irresponsabilidad de algunos padres y la estupidez de mayores y menores…
Cínica, sí, porque si papá gobierno está muy preocupado por el bienestar del pueblo, ¿por qué la demora en prohibir, por ejemplo, la producción y el consumo de alcohol y de tabaco? Basta consultar los estudios acerca de ese vicio líquido, para enterarse de que no solo es causante de enfermedades cardiovasculares, mentales, hepáticas, hereditarias, cáncer y otras «menores», sino de accidentes de tránsito, muertes, violencia intrafamiliar, violaciones, agresiones, suicidios y tendencia a mezclarse con sustancias psicotrópicas, en cifras verdaderamente alarmantes. Y el tabaco no se queda atrás, al menos en lo que a enfermedades respecta…
Papá gobierno, con el apoyo de algunos grupúsculos y presionado por una Procuraduría ridícula e hipócrita, pone el grito en el cielo por unos pocos quemados en todo el país, que en la mayoría de los casos manipularon pólvora fabricada clandestinamente, no certificada, producto de la misma prohibición. Y condenó a más de 40 millones de habitantes, a quienes trata como niños (si no como discapacitados mentales), a abandonar una costumbre sana que fomentaba la unión de familias y la integración de vecindarios… Desde hace muchos años, el diciembre para compartir con todos, propios y extraños, se redujo a la noche del 7, la de las velitas…
Suena crudo, quizás cruel, pero es la verdad: son pocos quemados… No nos rasguemos las vestiduras… Muchos más desastres que la pólvora produce el fútbol, y no está prohibido. Muchas más víctimas produce la conducción de vehículos, y no está prohibida. Muchas más visitas a hospitales y clínicas genera la prostitución, y no está prohibida… Además, todo tiene un riesgo de causar accidentes, y de esto no se salva ni el deporte. El manejo de fuegos artificiales requiere adoptar precauciones y tener cuidado, como parte de las reglas del juego que la gente, en su gran mayoría, ya tiene asimiladas. Si de todas maneras se está produciendo, vendiendo y comprando pólvora, en lugar de prohibirla, ¿por qué no se la regula? Tal como se regula el fútbol y la conducción y la prostitución… Y el consumo de alcohol y de tabaco… Y así como el licor se vende solamente a mayores de edad, con la pólvora debería suceder lo mismo…
No se tape el sol con un dedo… Dejémonos de pendejadas… Lo que todos creen que papá gobierno está haciendo con la pólvora se denomina vulgarmente «pajazo mental», cuando en realidad es una distracción propia de panem et circenses, cínica e hipócrita. Con la prohibición y la parafernalia que rodean el tema de la pólvora no se está deteniendo nada ni se está evitando nada. La actitud de nuestros dirigentes es el resultado de una mezcla conscientemente preparada de majadería y mojigatería, pretendiendo hacer creer al pueblo que existe una preocupación por su bienestar, del todo falsa e inconsistente, al tomar la decisión de contrarrestar la imbecilidad de unos pocos con el perjuicio de la mayoría. La consecuencia evidente es la existencia de un tipo de comercio ilegal, mucho más dañino, que se ha convertido en otra carne de cañón para el amarillismo periodístico de fin de año…
Ya imagino a algunos defendiendo con la forma lo que no pueden con la razón, esgrimiendo argumentos tan pobres como «¿Por qué tirarse la plata en pólvora?», a lo cual es fácil responder «Por la misma razón por la que se la tiran los que compran trago y cigarrillos, los que gastan en tejo y cerveza, los que pagan a prostitutas, los que juegan en casinos, los que arriesgan en lotería…, los que… los que… los que…». Pienso que cada cual puede hacer con su plata lo que se le dé la gana… Y el que no quiera participar del jolgorio, pues que no participe y punto… Que viva y deje vivir…
Y que no se crea que tengo intereses ocultos al escribir este artículo. No soy fabricante de fuegos artificiales. Y fuera de totes (que creo que ya no existen) y de luces de bengala, jamás he comprado otro tipo de pólvora y tampoco lo haré. No soy de los que suele despilfarrar el dinero, por lo cual tampoco gasto en trago, cigarrillos, tejo, cerveza, prostitutas y casinos… Y quizás una o dos veces al año compro Baloto automático, solo para comprobar que el universo continúa obligándome a vivir de lo que gano y algunas veces de lo que me prestan…
La verdad es que me encanta el ambiente de alegría que se vive y se siente cuando hay pólvora de por medio, en particular durante el último mes del año…
Tristemente, con el paso del tiempo hemos venido ratificando la validez de ese lamento que es estribillo de una famosa canción de Los Falcons:
«Aquellos diciembres, aquellos diciembres, aquellos diciembres que nunca volverán…»
(Santiago Ferreira)