Una paz implorada no es paz

Una paz implorada no es paz

Chantaje presidencial a nombre de las FARC, fue lo que se oyó hace pocos días. Eso sólo demuestra que el mal llamado «proceso de paz» es la farsa más grande promovida abiertamente por un gobierno. Lo que dijo el presidente Santos abrió los ojos a todos los colombianos. Palabras más, palabras menos, que si no nos bajamos los pantalones ante estos salvajes, nos seguirán matando. Se van a meter en nuestras ciudades y, lo peor, el gobierno no tiene cómo defendernos. En una sola palabra: ríndanse. El señor Santos desnudó la realidad: en el «proceso de paz», quien verdaderamente está imponiendo condiciones es esa parranda de genocidas, mafiosos, secuestradores, ladrones, violadores, sádicos y narcotraficantes, que someten a un gobierno dizque a «negociar», exigiendo las prebendas que a ellos les da la gana, so pena de seguir acabando con nuestra sociedad…

Una paz implorada no es paz, señor presidente…

Dejémonos de pendejadas: si el proceso fuera REALMENTE SERIO, no necesitaría que el pueblo lo ratificara. Si las FARC REALMENTE quisieran paz, se arrepentirían de lo que han hecho, liberarían a todos los secuestrados (que no nos crean imbéciles afirmando que no los tienen), bajarían los francotiradores de los árboles, dejarían las armas unilateralmente, se entregarían, y pedirían clemencia a todos los que los quieren ver colgados (que somos la mayoría)… Se distribuirían en todo el país y ayudarían a reconstruir lo que han destrozado, a sabiendas de que les queda imposible deshacer los genocidios… Entregarían sus recursos financieros para indemnizar a las víctimas (el pueblo no tiene por qué pagar, y menos a punta de impuestos) y hasta se atreverían a proponerle al gobierno formar parte de un ejército que permitiera acabar con los otros grupos terroristas y desmontar el negocio del narcotráfico… Pero no van a hacer nada de esto, porque obviamente no es su objetivo: sólo exigen impunidad garantizada y mantener los recursos obtenidos por el narcotráfico, los robos, las vacunas y los secuestros…

Ese «acuerdo» que se firmó ayer es un irrespeto tanto a las víctimas directas como a todos nosotros. Y un atentado a la democracia y al estado de derecho. Los premian con tierras y con la libertad. El «acuerdo» es otra etapa más del engaño. Un engaño que parte del hecho de que sea el gobierno cubano, otro asesino de la libertad y entrenador de terroristas, el que ofrezca a Cuba como sede del falso «proceso de paz». ¿Por qué, para tapar un poco la hipocresía, no se realizó el «proceso» en un país con verdadera democracia?

¿Que el «acuerdo» es para entregar las armas? Da risa de solo pensarlo. Si las FARC van a entregar sus armas, ¿por qué no aceptan hacerlo en una sola semana, con ayuda de fuerzas de la ONU? El hecho de que necesiten seis meses después de la firma definitiva el próximo 20 de julio, es la prueba tácita de que mucho armamento será escondido o será vendido a otros grupos, en gran cantidad hasta un día antes de esa fecha límite y lo demás poco a poco durante los seis meses posteriores. Al fin y al cabo, NADIE tiene el inventario. ¿Cómo le puede constar a la ONU, al gobierno o a quien sea, que las FARC están entregando su stock COMPLETO de fusiles, pistolas, granadas, minas, balas, bombas y cohetes? ¿Puede confiarse en la palabra de personajes que siempre se han caracterizado por su mitomanía?

¿Se acuerdan de San Vicente del Caguán? Pues bien, será replicado 31 veces. ¿Acaso la ONU, el ejército o quienquiera que sea, podrá detener a cualquiera de esos bandidos que intente salir de su área de retención? Cualquiera asimila fácilmente una amenaza, en caso de que se atreva a detenerlo. Las FARC «anónimas» seguirán vacunando, robando y secuestrando, escudados por las mismas zonas que les asignan, a las cuales ninguna autoridad podrá acceder. Para las FARC, el «acuerdo» es la posibilidad de seguir siendo terroristas, pero esta vez legalmente protegidos. Y lo peor, algunos de ellos serán parte de una política SIEMPRE corrupta…

Con absoluta certeza, si los gobiernos hubieran actuado con responsabilidad desde el surgimiento de las FARC, hace marras habrían acabado con ese grupo terrorista. Y con todos los demás. Pero las ventajas de mantener el estado de guerra han sido política y económicamente mejores beneficios particulares que el bienestar social. Hemos padecido por muchos años una guerra planeada e hipócrita, con soldados rasos como carne de cañón, para que políticos corruptos y líderes terroristas se lucren con el tráfico de armas y de droga, junto con el robo de los recaudos destinados a la guerra y recogidos por medio de impuestos…

Las FARC no se acabarán. Simplemente, cambiarán de nombre o sus miembros cambiarán de bando. ¿Por qué? Por tres razones básicas:

Primera, porque el ser humano es el único animal con plena conciencia de su existencia y de sus acciones, y las FARC, con plena conciencia, acabaron con pueblos enteros, asesinando ancianos, hombres, mujeres y niños que nunca les hicieron daño. Con plena conciencia secuestraron, robaron, violaron y vacunaron. Esta forma de ser y actuar ya está tan arraigada en su instinto salvaje como la necesidad de matar lo está en un león, con la diferencia de que este lucha por su natural supervivencia. Cuando alguien se acostumbra a hacer daño y a matar seres humanos sin razón valedera, por sádica voluntad, con sevicia y como medio de vida, ha dejado de ser humano. Esa actitud no puede quedar impune ni puede ser negociada, y no desaparece con una firma…

Segunda, porque, al menos en teoría y según palabras del propio presidente Santos, «no habrá impunidad; los máximos responsables de crímenes atroces serán juzgados y sancionados», lo que implica que el mismo Timochenko, como jefe de las FARC, deberá ser el primero en pasar al estrado para ser condenado sin miramientos. Todos los mandos altos y medios que aprobaron y ejecutaron las matanzas y demás actos de violencia también tendrán que ser condenados. Por supuesto, ninguno de ellos se va a prestar para participar en ese juego, a menos que se le garantice que no va a parar a la cárcel, gracias a subterfugios legales que permitan «validar» sus acciones como «consecuencia normal de la guerra», permitiendo catalogarlos como «no atroces». O que va a ir a la cárcel a cumplir una condena de treinta años, con «libertad condicional» después de cumplir solo uno gracias a su «buen comportamiento». Eso sí, quien deba ir a la cárcel tendrá a su disposición computador con internet, celular con plan ilimitado (ahora que es tan barato), cama doble, smart TV de 40 pulgadas, sala de juegos, baño privado con jacuzzi, y la visita regular de la pareja de turno, porque «no se les pueden violar sus derechos» y, además, están «en proceso de reincorporación a la vida civil». En las demás cárceles, en las que abunda gente verdaderamente inocente, continuará el hacinamiento…

Tercera, al firmar un «acuerdo» en nombre de las FARC, el señor Timochenko está actuando en representación de personas que no conoce, por lo cual no puede garantizar que los miles de miembros de ese grupo terrorista cumplan con lo acordado. Esto, por supuesto, a Timochenko le importa un carajo. Sálvese quien pueda. Por lo expuesto en las dos razones anteriores, muchos emigrarán en los próximos días y meses hacia otros grupos armados, y algunos conformaran sus propios grupos, por miedo a que los conviertan en chivos expiatorios y sean duramente condenados y/o porque su modus vivendi no les permite dedicarse a algo diferente de lo que la vida antisocial los ha convertido en expertos, como secuestrar, vacunar y robar, para ellos mucho más rentable que sembrar papa. Es como si a mí me obligaran a fabricar canastos después de ser programador de computadores toda una vida. Seguramente haré los canastos, pero aprovecharé cualquier oportunidad de desarrollar software, que es más productivo…

Al presidente se le hincha el pecho de orgullo cuando anuncia que ha conseguido la paz, como si hubiera descubierto la solución a los problemas del planeta. ¿Cuál paz? ¿Acaso negociar la democracia con genocidas, premiándolos y aceptando el chantaje para que NO masacren más, acaba con los demás asesinos? Puede que gracias al «acuerdo» no se vuelva a oír la sigla FARC en actos de violencia, pero ni siquiera Timochenko puede asegurar que en las atrocidades subsiguientes (porque las habrá) no van a participar ex-miembros de las FARC. ¿Cómo puede atreverse el presidente a hablar de paz cuando es patente la existencia del ELN y del EPL? ¿Y qué de las BACRIM, que son el resultado de un proceso de desmovilización? ¿Y qué de la inseguridad en las ciudades? ¿Cómo puede hablar de paz cuando el salario mínimo es una miseria?

La firma del «acuerdo» remata con un hecho sorprendente: que un tirano como Nicolás Maduro haya sido uno de sus garantes. ¡Qué desfachatez! Ningún gobierno latinoamericano, ni la OEA, ni la ONU, se han atrevido a poner en su sitio al gobierno de Venezuela, país en el cual día a día se viola la constitución que ese autócrata esgrime en forma de librito cada vez que habla en público. ¿Qué confianza se puede tener en un «proceso de paz» en el que déspotas e inmorales como Raúl Castro y Nicolás Maduro sirven de garantes y testigos, cuando en sus propios países «paz» y «democracia» solo son un par de palabras del diccionario?

Tristemente, el mundo se dará cuenta muy tarde de las consecuencias de que el gobierno haya firmado un «acuerdo» bajo la amenaza de que, de no hacerlo, los terroristas continuarán acabando con todos nosotros, en nuestras propias ciudades. La firma se realizó bajo el esquema de «vacuna», aceptada sin chistar por un gobierno sin pantalones. Además, se está sentando un precedente para que, en el futuro, los criminales tengan una salida perfecta para eludir el castigo que les debe imponer la ley: inscribirse, con carnet y todo, en uno de los grupos terroristas «activos»…

Ayer, una vez más, el gobierno ha dado «pan y circo» al pueblo, como en la antigua Roma. Y el pueblo, ignorante, ingenuo y estúpido, los acepta como solución divina para todos sus males y como consuelo por haber sido derrotados en una semifinal de la Copa América…

(Santiago Ferreira)