Amor eterno
Decidieron celebrar como hacía tanto tiempo no lo habían hecho. Muy temprano en la mañana se felicitaron con una frase que les recordaba que ese día, muchos meses atrás, había sido uno de los más felices de su vida: el día que se habían jurado amor eterno…
Se vieron por primera vez en la oficina donde ella trabajaba como asistente de gerencia. Se miraron y se flecharon. Ni siquiera dudaron, fue empate a primera vista. Pero no se dijeron nada, fuera de los muy atentos saludos y despedidas. La estúpida timidez encarnada en los dos.
Pasaron algunos días antes que él tomara la iniciativa: llamó para hablar con un gerente que él sabía que no se encontraba y, a través de un teléfono que no delata los colores de la cara, comenzó el fuego en una sola dirección… Fuego que no demoró mucho en ser correspondido… Fue como si aquella timidez se hubiera desvanecido de repente, como si los dos se hubieran estado conociendo desde mucho tiempo atrás, como si las barreras de la vergüenza nunca hubieran existido. Toda la conversación bajo un protocolo muy decente, claro está. Quedaron en que, «con mucho gusto, no faltaba más», él le permitiría calentar el almuerzo en su home-office de trabajador independiente, donde vivía solo y sin compromiso. Le tendría jugo de lo que quisiera y le importaría el postre, si era necesario…
Bastaron tres almuerzos consecutivos para que el postre consistiera en lo que un famoso crucigramista llamaba «intercambio de babas». Al cabo del quinto día el postre se convirtió en algo infinitamente más íntimo y, a partir del día siguiente, día del juramento, el postre era el almuerzo.
Aprovechando que la casa de ella se encontraba en un recóndito extremo de la ciudad (yendo en bus, era absolutamente necesario llevar lonchera para el camino), la feliz novia comenzó a pasar las noches fuera de la presencia de su madre, empleando el más grande racimo de extrañas excusas de que se tenga noticia: «Fíjate mami, hubo epidemia de peste en casa de Patricia y no hay quién los cuide», «Los padres de Liliana me invitaron a una sesión de doce horas de espiritismo, mami», «Como Camilita está sola, decidimos hacer un pijama-party sorpresa con mis excompañeras del colegio… Ay mami, el pijama es lo de menos», «La tarea de urbanismo del hermanito de Claudia consiste en contar los huecos de la Avenida Caracas en las horas de menor tráfico en la noche; pero no te preocupes, mami, que vamos como cien», etc., etc. Sobra decir que esta última disculpa le valió para pasar fuera toda una semana. Obviamente, la mami tenía que ser absurdamente idiota o anormalmente ingenua, o cualquier combinación porcentual de estas dos condiciones, porque las tragó todas. Prácticamente, la muchachita pasaba por su casa para traer la muda del día siguiente y dejar la del día anterior… Y el novio bravo…
Dos meses después ella cambiaba de nido, lógicamente en contra de la voluntad de su madre, quien se enteró de la decisión después de ver un cuarto casi desocupado en su casa. No se sabe si la histérica reacción de la señora se debió al repentino enfrentamiento con una total soledad (a la cual, de todas maneras, se venía acostumbrando poco a poco gracias a la ya crónica ausencia de su niña), o a que, por un extraño acceso de inteligencia, había logrado atar cabos desparramados para finalmente darse cuenta de que había sido una excelente candidata al «Premio Universal a la Estupidez». No hubo remedio, la niña ya estaba instalada. «Pa’ atrás, ni pa’ coger impulso», le dijo ella a su mami. «Pues pa’ que lo sepa -replicó la mami- voy a regalar su cama»… Y la regaló…
No es para creer que todo era un simple capricho, no. Simple y llanamente, se gustaron, almorzaron, se amaron y se unieron. Punto. Libremente. Punto. ¿Qué problema puede haber en una unión respaldada por un amor tan grande como el que se juraron uno al otro? Lo que tal vez los dos no vieron era que la decisión de vivir juntos estaba en ella demasiado respaldada por una muy fuerte pasión. Era muy posible que en ella ni siquiera existiera el amor. ¡Es tan fácil confundir los términos! Lo cual nos lleva a la parte triste de este cuento. Porque, haya o no haya amor, una pasión tan fuerte es más fuerte que un fuerte amor, y esa pasión desemboca en locura… Y cuando la locura se manifiesta…
Eran tan aberrantes los celos que ella padecía, que, transcurrido algún tiempo, el sólo hecho de imaginar que «su hombre» podía ser visto con buenos ojos por otra mujer, creaba en ella una peligrosa mezcla de rabia, dolor, frustración, desespero, impotencia y todo lo demás que pueda sentir una persona incapaz de mantener el control en una situación adversa, imaginaria o no. Con el agravante de que esa locura, porque no hay otra forma de llamarla, terminaba descargándose físicamente en sí misma y en los activos de su patrimonio, incluyendo el desafortunado amante, cuya cabeza, una vez, fue escala en el vuelo de un frasco de caro perfume que terminó volviéndose añicos contra la pared de la alcoba, y en otra, sin tanta suerte, fue significativamente abollada por una enorme pila de linterna. La situación llegó a tal punto, que el infeliz tuvo que añadir «amparo contra terrorismo casero» en su seguro de vida. Y pensar que uno cree que lo que sucede en las películas es pura ficción…
Definitivamente, el amor es masoquismo en su más pura esencia. Amor implica sufrimiento. Quien ama realmente a su pareja, sabe que está sometido a los riesgos que ese amor conlleva: aceptar costumbres no deseadas, discutir por razones de toda índole, preocuparse por enfermedades y accidentes, soportar fracasos económicos, etc., etc. Y, sin embargo, el amor es la razón de ser de la vida humana. Por regla general, el ser humano no está hecho para vivir solo, y el amor es el mejor antídoto contra la insoportable soledad. Sin amor hay menos riesgos, por lo cual se sufre menos, pero se vive menos (si es que se le quiere dar sentido a la vida, claro). Por eso se aceptan los riesgos, por eso se acepta el sufrimiento, por eso se acepta ser masoquista…
Pero existen límites. Cuando en un juego los contras superan a los pros, el jugador, sin necesidad de pensarlo, tiene que abandonar la partida. Seguir jugando es suicidio. Y al límite del suicidio llegó el protagonista de esta historia. El amor que sentía por su compañera era tal, que no aceptaba perder todo eso por lo cual había luchado. Diez mil oportunidades de enmedarse tuvo la descarriada… Y él aguantó, y aguantó, y aguantó… hasta que reventó… Casi al mismo tiempo con el apartamento… Agotada la loza, que es el mejor conjunto de proyectiles domésticos, convertidas las ollas en miniesculturas de arte abstracto, y deshojados los libros a punta de ser lanzados y golpeados contra unos muebles que, apilados, le servían a él de trinchera, aquella descontrolada no encontró otra opción que hacer uso de armas blancas…
Afortunadamente, el citófono aún estaba vivo…
Casi a medianoche y bajo escolta policial, aunque sin cargos (¡qué nobleza, por Dios!), salieron la loca y sus corotos en dirección a la casa de la mami, quien la recibió con brazos abiertos y lágrimas en los ojos, recriminándole, de paso, su falta de confianza desde un principio. Con certeza hubiera podido evitarle el sufrimiento a manos de aquel crápula. Después de agradecer a los silenciosos policías el haberla rescatado de las garras del depravado, llevó a su criaturita adentro, prendió velas al frente de todos los objetos por ella santificados, destapó una botella de aguardiente para brindar por el retorno de la hija pródiga y el final de su soledad, y procedió a retirar la colchoneta que cubría el colchón de su propia cama. La mami, totalmente convencida de la inocencia de su niña, jamás se enteró de lo sucedido.
Pasado un buen tiempo, y como un juego del destino, los ex-tórtolos se encontraron frente a frente en un centro comercial. Era sábado en la mañana, víspera del día en que muchos meses atrás habían hecho un juramento. Ninguno estaba en ese momento acompañado y ninguno tenía una relación comprometedora. Las miradas evitaron las palabras, y a la par con los buenos recuerdos que guardaban uno del otro, se besaron y se abrazaron como si cada uno de los dos acabara de llegar de un largo viaje. Resulta fácil imaginar lo que sucedió después: calentaron el almuerzo comprado, gozaron el postre y charlaron durante toooda la tarde, recalcándose lo bueno, lo malo y lo feo, hasta que llegaron a un acuerdo…
Y aquí el cuento vuelve a su comienzo…
Después de la mutua felicitación, iniciaron la romántica jornada preparando un suculento desayuno en un remodelado apartamento de soltero. Comieron como náufragos, hablaron como perdidos recién encontrados y rieron como si cada respiro les hiciera cosquillas. Cualquiera que los oyera, seguramente pensaría que toda la felicidad del mundo estaba concentrada dentro de esas cuatro paredes. Jamás hubiera podido alguien suponer que un caso psiquiátrico había tenido el mismo escenario y los mismos protagonistas. Allí no había pasado nada…
«Hola mami, estoy aquí donde Roberta, que acaba de llegar de la Antártida. Tiene como doscientos álbumes de fotos y cien videocintas. No me esperes esta noche, ¿ok?»
La misma escena, con diferente disculpa, se viene repitiendo el mismo día, todos los meses, desde hace algunos años. Siempre comienza con una frase que les recuerda que ese día, muchos meses atrás, había sido uno de los más felices de su vida, el día que se habían jurado amor eterno:
«¡ Feliz Ex-día !».
Y cuando se despiden, prometen volver a verse el mes siguiente…
Hay tantas maneras de amar…
(Santiago Ferreira)