El robot

El robot

(Autor: Luis Fernando Veríssimo)

Un día llegó a casa con un robot. El robot era bajito, redondo y andaba sobre rueditas. A la mujer le pareció gracioso, pero sintió un poco de aprensión. ¿Para qué un robot en la casa?

— Sólo mira –dijo el marido. Y dirigiéndose al robot, le dijo: — ¡Seis!

El robot fue hasta el cuarto de la pareja y de allá le trajo las pantuflas y su suéter de estar en casa. Volvió al cuarto llevándose el abrigo, la corbata y los zapatos.

— Pero eso es fantástico –dijo la mujer, sin mucho ánimo.

— Está programado para obedecer solamente a mi voz –explicó el hombre.

Estaba tan entusiasmado con su robot, que la mujer decidió no mencionarle que ese día era su décimo aniversario de casados. Él continuó:

— Se trata de un código. Según el número que yo le diga, el sabrá exactamente qué hacer.

— Ajá.

— Los números van del 1 al 100, y obedecen a una secuencia que corresponde, más o menos, a la importancia relativa de las tareas. ¿Entendiste?

— Entendí.

Hubiera dado lo mismo si ella no le hubiera respondido, porque el hombre no la escuchaba. Miraba al robot como un día, diez años atrás, la miraba a ella. Por lo menos quedó claro que, en una escala de 1 a 100, traerle las pantuflas todos los días cuando él llegaba a casa correspondían a 6.

Cuando ella se disponía a limpiar la mesa, después de comer, él la detuvo con un gesto. Le dijo al robot:

­— ¡Sesenta y uno!

El robot retiró rápidamente los platos de la mesa, los colocó en la máquina de lavar platos, prendió el aparato y volvió para aguardar nuevas instrucciones.

Más tarde, cuando el marido dijo: «¿Qué tal un jueguito de cartas?», ella se paró alegremente para traer la baraja. Luego descubrió que el hombre le hablaba al robot.

— ¡Dieciocho!

El robot se adelantó a ella, agarró la baraja, tomó una libreta y un lápiz, acercó la mesa para juego y se quedó esperando. Ella preguntó:

— ¿Puedo jugar?

— Este juego es sólo para dos –dijo el marido. — Puedes ir a dormir, si lo deseas.

— ¿No vas a querer nada más?

— Lo que yo necesite, el robot me lo trae.

Desde el cuarto, ella oía al marido decir, de vez en cuando, «veintiséis» o «treinta y uno», y a continuación el ruido del robot en la cocina buscando cerveza, pasabocas, etc.

Así que tomó una decisión…

La mujer se levantó y fue hasta la sala, en camisón.

— Querido…

— ¿No estabas durmiendo?

— No.

— ¿Hicimos mucho ruido?

— No.

— ¿Entonces?

— Hay una cosa que yo hago que ese robot no hace…

— ¿Qué cosa?

— Una cosa que a ti te gusta mucho…

— Tú quieres decir…

— Ajá –sonrió ella.

— Eso es lo que tú crees –dijo él. Y ordenó al robot: — ¡Uno!

Inmediatamente, el robot corrió hasta la cocina y comenzó a reunir los ingredientes para hacer un pudín de chocolate.

Grupos feministas la apoyaron ruidosamente durante el juicio, con toda la razón.

(Extraído del libro A mãe do Freud, del escritor brasileño Luis Fernando Veríssimo. Traducido del portugués por Santiago Ferreira)