De guayabo

De guayabo

(Autor: Luis Fernando Veríssimo)

Aunque hoy existen píldoras milagrosas, yo todavía soy de la época de los grandes guayabos. Las borracheras de antes eran más dignas, porque usted tomaba sabiendo que al día siguiente estaría en el infierno. Además de salud, era preciso tener coraje. Las nuevas generaciones no conocen el verdadero guayabo, lo que tal vez explique la falta de los viejos valores. El guayabo era la prueba de que la retribución divina existe y de que ningún placer queda sin castigo. Cada rasca era un desafío al Cielo a y sus Furias, y las Furias venían en oleadas: Náusea, Ansia, Dolor de Cabeza, Angustia Existencial… Las borracheras de hoy no tienen la misma grandeza; son, literalmente, inconsecuentes.

No es que yo fuese un bebedor empedernido, pero me acuerdo que todos los sábados de mi adolescencia enfrentaba una lucha desigual entre el cuba-libre y mi instinto de supervivencia… El cuba-libre ganaba siempre… De cada domingo siguiente me acuerdo muy poco, salvo del mareo y del deseo de morir. Juraba que nunca más iba a tomar, pero, antes de los treinta, nunca más dura muy poco: la llegada del próximo sábado era tan demorada, que parecía toda una eternidad. No sé lo que el cuba-libre hizo con mi organismo, pero aún hoy, cuando veo una botella de ron, hasta los dedos de mis pies se encogen.

En aquellos tiempos se intentaba de todo para evitar el guayabo. Yo prefería un Alka-Seltzer y dos aspirinas antes de dormir, pero en el estado en que llegaba a mi casa no siempre conseguía completar la operación. A veces disolvía las dos aspirinas en el vaso de agua, engullía el Alka-Seltzer y me iba burbujeando para la cama… cuando encontraba la cama.

Pero los métodos variaban. Por ejemplo:

Una copita de aceite antes de comenzar a tomar – El estómago se revolvía, usted enfermaba y, finalmente, desistía de beber.

Un vaso de agua después de cada vaso de licor – Lo difícil era mantener la regularidad. A cierta altura, usted comenzaba a mezclar el agua con el licor, y en proporciones cada vez menores. Después pasaba a pedir un vaso de otro licor después de cada vaso de licor.

Jugo de tomate con limón, salsa inglesa, sal y pimienta, al día siguiente, en ayunas – El problema era que adicionando vodka quedaba un exquisito bloody-mary, lo cual, un poco más tarde, ya era algo muy suave.

Jugo de papa con semillas de girasol y hojas de gelatina verde disuelta en kerosene – Usted mezclaba todo en un plato pirex forrado con cartones viejos de jabón Eucalol, se colocaba un par de algodones en los oídos y se acostaba con los pies en dirección de la Isla de Pascua, inmóvil, durante tres días… al cabo de los cuales el tiempo ya había curado el guayabo de cualquier manera.

Cerveza bien helada a la hora de acostarse – Por alguna razón (¡!), el método más popular.

Sopa de gallina – Se creía que una buena sopa de gallina, a la madrugada, resolvía cualquier problema. Era necesario, sin embargo, especificar que la sopa era para tomarla, pues muchos metían la cara en el plato y tenían que ser socorridos rápidamente antes de que se ahogaran.

Mi mayor experiencia es con el cuba-libre, pero conozco otros tipos de guayabo, al menos de oído:

Guayabo de whisky – Usted sabía que el whisky escocés que se tomó la noche anterior era paraguayo, cuando despertaba sintiéndose como un arpa guaraní. Y si la borrachera con whisky adulterado era muy grande, usted despertaba sintiéndose como un arpa guaraní y en el depósito de instrumentos de la taberna Catito’s, en Asunción.

Guayabo de ginebra – Era el peor. A la mañana siguiente usted no conseguía abrir los dos ojos al mismo tiempo: cada vez que podía abrir uno, el otro se cerraba. Quedaba con los oídos tan aguzados, que hasta oía las campanas de la Catedral de San Pedro, en Roma.

Guayabo de martini dulce – Al tratar usted de levantarse de la cama, se escurría al piso como si fuera aceite. Lo peor era que cuando llamaba a su mamá, ella entraba corriendo a su cuarto, resbalaba en usted y se dislocaba la pelvis.

Guayabo de vino – Lo terrible era la sed. Usted se arrastraba hasta la cocina, y al intentar alcanzar la botella de agua se le venía encima todo el contenido de la nevera. Era descubierto a la mañana siguiente inmovilizado por hortalizas y lácteos, y masticando un chupo para tratar de extraerle toda la humedad posible. A la hora ya había sido desheredado.

Guayabo de aguardiente – Sin saber cómo, usted despertaba de pie en un rincón del cuarto. Le llevaba media hora llegar hasta la cama porque se le había olvidado caminar: ¿era pie ante pie o mano ante mano? Cuando al fin podía acostarse, quedaba con la sensación de haber dejado en el rincón las dos orejas y una clavícula. Miraba para arriba y veía cómo por fin se definía la forma vagamente humana que tenía aquella mancha en el techo: era Konrad Adenauer y estaba guiñándole un ojo.

Guayabo de sabajón – Uno de los pocos casos en que la ley brasileña permite la eutanasia.

Guayabo de coñac – Usted despertaba lúcido. Tenía, de repente, la respuesta a todos los enigmas del universo. La llave de todo estaba en su cerebro. Debía ser por eso que aquellos hombrecitos estaban intentando destrozar su caja craneana. Usted sabía que era una alucinación, pero, por si las dudas, saltaba ligero de la cama cuando oía hablar de dinamita.

Hoy ya no existe todo eso. Las personas toman y toman… y no pasa nada. Al día siguiente están rozagantes, bien dispuestas, y hasta hacen chistes al respecto. De vez en cuando, en cambio, algunos de los nuestros se encuentran y se saludan en silencio. Somos como veteranos de viejas guerras, acordándonos de los compañeros caídos y de nuestro anónimo heroísmo. Estuvimos en el infierno y volvimos enteros. Más o menos…

Por unas felices y saludables fiestas, un brindis… ¡Y un Engov!

(Extraído de Viaje Bem, revista de la línea aérea VASP, número 3 de 1986. Traducido del portugués por Santiago Ferreira).